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8 de octubre: breve historia del Combate de Angamos

Hoy es fecha propicia para conocer a detalle la gloria de Miguel Grau y de sus marinos que enfrentaron a Chile en la Guerra del Pacífico. Gastón Gaviola, escritor y periodista de TVPerú Noticias, te traslada al 8 de octubre de 1879.
8 de octubre Combate de Angamos Miguel Grau Huáscar

Hoy, 8 de octubre, el Perú conmemora el Combate de Angamos y la gloria de Miguel Grau. Foto: TVPerú Noticias.

Hoy, 8 de octubre, el Perú conmemora el Combate de Angamos y la gloria de Miguel Grau. Foto: TVPerú Noticias.
9:29 horas - Domingo, 8 Octubre 2023

Por Gastón Gaviola.

El disparo que desintegró al comandante del Huáscar impactó, con un golpe seco, contra las planchas de acero del lado de babor de la torre de combate del monitor. Era un proyectil de 250 libras disparado desde la casamata artillada de uno de los lados de la fragata blindada Cochrane. Eran las 9 de la mañana con 50 minutos, del miércoles 8 de octubre de 1879.

Cuando Miguel Grau alcanzó la inmortalidad, ambos buques se cañoneaban furiosamente en las aguas bolivianas de Antofagasta, concretamente frente a Punta Angamos.

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La guerra había empezado 6 meses atrás y hasta el momento, el Ejército Expedicionario del Norte se veía inmovilizado en sus cuarteles, incapaz de avanzar sobre territorio peruano. Las causas de su paralización tenían una única explicación: un pequeño monitor de 15 años de antigüedad y su fiero comandante.

Para acabar con la campaña marítima y empezar el desembarco de tropas en territorio peruano, el almirantazgo chileno concluyó que solo había una forma de lograrlo sin verse amenazado: Miguel Grau y el monitor Huáscar debían ser borrados del mapa.

Es por eso que toda la escuadra chilena se prepara para darle caza a la nave peruana. Para ello se separan en dos divisiones navales, cada una encabezada por una de las dos potentes fragatas gemelas, recién salidas de los astilleros ingleses. Su blindaje y número de cañones era ampliamente superior a la del Huáscar.

COMBATE DE ANGAMOS: NAVES COMPARADAS  

Veamos algunas comparaciones técnicas, todas las cuales terminarían decantando la pelea de aquella mañana, en favor de los cazadores.

8 de octubre Combate de Angamos Miguel Grau Huáscar

Representación del monitor Huáscar. 

Empecemos con el Huáscar. Se trata de un buque torreta que desplaza 1100 toneladas de peso. Su blindaje más grueso lo lleva en el cinturón medio del casco y es de 11,5 centímetros, mientras que en la torreta artillada llega a los 14 centímetros de grosor. La torre de mando, desde donde el comandante Grau dirigía el combate, tenía un recubrimiento blindado de 7,6 centímetros.

Su armamento principal estaba montado en la torreta y eran dos cañones Armstrong de 300 libras, que podían disparan un proyectil con una cadencia de un tiro cada 5 minutos, en promedio. En cuanto a la velocidad, una única hélice de 3 palas hacía que, en su mejor momento, la nave pudiera navegar a 12 nudos; sin embargo, para el episodio de la emboscada de Punta Angamos, el monitor tenía los fondos y el casco sucios, lo que reducía su andar a un promedio de 10 nudos. Y ahora vamos a ver por qué esta diferencia podía ser tan importante. Literalmente de vida o muerte.

Como mencioné líneas arriba, la celada se basaba en dos divisiones navales que se cerrarían sobre los peruanos como una pinza. Los blindados gemelos que las lideran son el Blanco Encalada y el Cochrane. Ambas fueron botadas desde los astilleros ingleses de Yorkshire 5 años antes de iniciada la guerra y en peso desplazaban 3 560 tonelada cada uno, es decir, el triple de lo que lo hacía el Huáscar. Ahora vamos a ver por qué.

El blindaje en la faja central de su casco era de 23 centímetros, es decir, un cañonazo del Huáscar tendría que perforar más del doble de profundidad en sus planchas metálicas si es que quería llegar a hacerle algún tipo de daño. En cuanto a la protección de las casamatas donde se montan sus cañones, son 20 centímetros de blindaje lo que protege a sus artilleros de ser muertos por la explosión de un tiro directo.

Y ya que hablamos de la artillería, veamos, entonces, el tema de sus cañones. Frente a los 2 Armstrong de 300 libras que montan los peruanos, las naves chilenas oponían, cada una, 6 cañones de 250 libras. Coinciden, eso sí, tanto los navíos chilenos como loS peruanos en que se trata de cañones de avancarga, es decir, que sus proyectiles se cargaban por la boca misma del arma.

Acabamos la comparación con el tema de la velocidad. Llevaba cada fragata blindada dos hélices que le permitían, no solo avanzar a una buena media de 11 nudos de velocidad; también le permitía una maniobrabilidad suficiente para girar sobre su propio eje.

Ustedes se preguntarán, qué utilidad podría tener esto. Bueno, en pleno combate contra los chilenos, imposibilitado el monitor de hacer daño con la potencia de sus cañones (muchos de los tiros peruano simplemente rebotaban en las gruesas planchas metálicas y caían al mar sin causar daño) se decidió atacar con el espolón y a punto estuvieron de lograr un impacto directo sobre el casco de la nave adversaria, aunque esta giró sobre sí misma, evitando la embestida fatal.

8 DE OCTUBRE: EMPIEZA EL COMBATE  

El 29 de setiembre el Huáscar dejó el fondeadero peruano al pie del morro de Arica para dirigirse al sur, hacia aguas donde sabía merodeaba la escuadra chilena, concentrada como estaba en mandar al monitor al fondo del océano.

La orden entregada al comandante Miguel Grau por el presidente de la república era muy clara: hacer todo el daño posible en aguas enemigas, pero no engancharse jamás en combate frontal con los buques de la escuadra chilena. Todos estaban conscientes de que las pericias marineras, el talento y el valor de los peruanos no alcanzaba para inclinar la balanza a su favor en un combate que se decidiría por la letalidad de los disparos, el número de cañones y lo grueso de las corazas blindadas.

Es por eso también que, pese a que el Congreso de la República aprobó ascender al comandante Grau del grado de capitán de navío al de contralmirante, este no quiso ejercer dicho puesto en la práctica, pues las ordenanzas militares dictaban que su buque luzca la insignia del almirantazgo, cosa que el valiente piurano no estaba dispuesto a aceptar si es que tenía que pasársela esquivando a los buques enemigo sin trabar combate, tal cual se lo había encargado el presidente del Perú.

Miguel Grau 8 de octubre Combate de Angamos

Miguel Grau Seminario, Caballero de los Mares.

La cuarta salida de lo que se llamó “las correrías del Huáscar” lo llevaba en convoy con la corbeta Unión hasta Antofagasta, donde esperaban capturar algún transporte o perturbar las comunicaciones enemigas.

Así, a la una de la madrugada del 8 de octubre los vigías del monitor avistan 3 humos hacia el norte, es decir, 3 navíos que rápidamente se descubrió se trataba de buques chilenos. El comandante Grau y su tripulación no lo sabían aún, pero se trataba de la 1° División naval chilena, encabezada por la fragata blindada Blanco Encalada.

Miguel Grau 8 de octubre Combate de Angamos

Fragata blindada Blanco Encalada. Fuente: Armada de Chile. 

La situación se planteaba así: Las naves peruanas venían desde el sur, teniendo hacia el este (o su derecha) a la costa boliviana. Hacia el norte, tres buques de guerra amenazaban cualquier intento de avance, por lo que el Huáscar -confiado en que la distancia y su única hélice le permitieran esquivar del combate- decide que su ruta lógica de escape era hacia mar abierto, es decir, hacia el oeste, es decir, la izquierda, es decir, donde lo estaba esperando la 2° División naval chilena con la fragata blindada Cochrane, a la cabeza.

Miguel Grau 8 de octubre Combate de Angamos}

Fragata blindada Cochrane. Fuente: Armada de Chile. 

Son las 7 y 15 de la mañana cuando el Huáscar, viendo -para su tranquilidad inicial- cómo dejaba atrás al Blanco Encalada, se topa frontalmente con el Cochrane y el resto de su división, que empieza la cacería. El comandante Grau se da cuenta de que más que una coincidencia, se trata de una emboscada minuciosamente preparada desde dos semanas atrás, cuando se decidió el 26 de setiembre acabar con la amenaza del monitor peruano.

Se toca zafarrancho de combate y se afianza la bandera de guerra en el mástil. Todo el mundo corre a su puesto. Los artilleros ingresan a la torre Coles que alberga los dos enormes cañones de 12 toneladas cada uno, capaces de disparar proyectiles de 300 libras. Confían en que el blindaje de la torreta lo protege de la muerte que llegará en forma de bolas de fuego y hierro candente de un momento a otro.

Los marineros encargados de la ametralladora Gatling ubicada en la cofa en la punta del mástil, preparan el arma y la dejan a punto para barrer las cubiertas enemigas con tarros y más tarros de metralla. Apenas y si tienen protección que lo salve de las balas allá a 20 metros de altura, pero eso no les importa. Solo hay un lugar más expuesto que el de los servidores de la Gatling. Son la infantería embarcada. Los rifleros de la Columna Constitución toman sus fusiles y se disponen a combatir a pecho descubierto en la cubierta misma del buque. No hay un solo lugar desde el cuál protegerse, evitar las balas enemigas que buscarán su carne. Y es que las falcas (aquellas gruesas planchas de acero que hacen las veces de baranda del buque) se han rebatido para dejar el campo libre a los 2 cañones Armstrong que tendrán que enfrentare en solo minutos a los 6 cañones que equipa cada blindado enemigo. Lo saben los infantes, a quienes les llaman “los buitres” y son los hijos de la población afrodescendiente a quienes les encargan una de las labores más peligrosas de la pelea. Es apuntar, disparar, recargar, volver a apuntar. Movimientos mecánicos que hacen mientras les llueve el infierno mismo desde todos lados y saben que solo pararán cuando mueran o no quede un solo enemigo a la vista.

Desde su torre de comando, el comandante Grau observa correr a todos a sus posiciones de batalla. Sabe que esto es vencer o morir. No hay más opciones en las duras aritméticas de la guerra.

Sabe también que solo lo están buscando a él y al Huáscar. Es por eso que le hace señales a la corbeta Unión para que escape de una vez. Los blindados solo lo quieren a él. Sabe que la ligera nave de madera apena tiene blindaje y es mucho más veloz que cualquiera de las naves peruanas o chilenas presentes allí frente a Punta Angamos. Sabe también que perder a la Unión significa que el Perú se quedaría sin un solo buque para sostener las comunicaciones entre todos los cuerpos de ejército peruanos y bolivianos que se encuentran atravesando el duro desierto del sur, donde se enfrentarán las 3 naciones sudamericanas.

Pero para que eso ocurra, eso también lo sabe, Grau debe morir.

COMBATE DE ANGAMOS: INICIO DE LA GLORIA

Son las 9 y 40 de la mañana cuando el Huáscar rompe los fuegos sobre el Cochrane. Sus dos piezas de 300 libras han lanzado sendos cañonazos sobre el blindado de silueta negra desde una distancia de 2 200 metros sin causar daños aparentes. El chileno continúa avanzando, sus cañones aún en silencio. Los buitres tienen sus armas prestas, litas para castigar la cubierta enemiga y cazar a cualquier marinero que asome a descubierto. La idea de la infantería embarcada era matar a los artilleros que sirven los cañones y a los marineros que operan la navegación del buque. De momento, dada la distancia, solo les queda observar.

Y lo que miran es cómo súbitamente el Cochrane acelera su marcha y enfila a toda velocidad sobre ellos. La torre Cole y sus 2 cañones han medido las distancias de su enemigo, lo tienen cada vez más cerca. Ambas piezas asoman sus bocas negras por las troneras de la torreta blindada y hacen fuego, que es saludada con un potente “¡Viva el Perú!” de los artilleros y rifleros.

Esta vez pueden ver que el tiro dio en carne. Los oficiales peruanos conocen su oficio y apuntaron sobre el cinturón del máximo blindaje del Cochrane. El resultado fue la perforación de su casco, causando destrozos desde la cubierta hasta la cocina. Pero no es suficiente. La mole se sigue acercando.

Son las 9 y 50 de la mañana, cuando el Cochrane abre fuego directo contra el monitor.

8 de octubre Combate de Angamos Miguel Grau Huáscar

Representación del ataque chileno al monitor Huáscar. 

La pequeña torre de comando se infla desde dentro como si se tratara de una burbuja. Las planchas de acero se comban hacia afuera mientras todo queda envuelto por un halo rojo sobrenatural. Miguel Grau Seminario, su forma física, ha desaparecido devorado por la explosión. Entre los fierros retorcidos de las ruinas de la torre de comando, yace el cuerpo agonizante de su ayudante, el teniente Diego Ferré.

Lo sucede en el comando su segundo, el capitán de corbeta Elías Aguirre. Este ve como desde el norte el Blanco Encalada viene acortando distancia y rompe fuego contra el monitor. La nave peruana se ve acosada ahora por ambos blindados chilenos que estrechan distancias. A tan corto espacio, cada disparo es una condena de muerte. Sin blindaje que los proteja, los servidores de la ametralladora de la cofia del Huáscar van cayendo uno a uno, sin que ninguno abandone su puesto.

Aguirre se encuentra en la torreta blindada. Ve con preocupación cómo las 2 piezas de 300 libras no logran penetrar el blindaje de más de 20 centímetros de sus enemigos. Como Grau en Iquique, el nuevo comandante del Huáscar ordena atacar al espolón. Advertido de la maniobra, el Blanco Encalada lo ve venir mientras sus propios rifleros entablan un duelo con los infantes de la Columna Constitución, que devuelven tiro por tiro a su enemigo.

Están a 100, 80, 60 metros, listos para impactar, cuando las 2 hélices del blindado chileno lo hacen pivotar sobre sí mimo, esquivando el ariete del monitor. A tan corta distancia, el Blanco Encalada no podía fallar. Dispara directamente contra la torre de los cañones peruanos. Un pedazo de metralla destroza el cuerpo de Aguirre que cae sin vida.

Lo sucede en el mando Melitón Rodríguez. La artillería chilena se ha concentrado en la torre Coles, arma principal del Huáscar y sus dos cañones. Es así como cuando Rodríguez asoma la cabeza por la tronera de uno de los Armstrong de 300, el estallido de una nueva granada lo decapita.

Siguen lloviendo los cañonazos. A estas alturas el Armstrong de 300 de la derecha está inhabilitado. El interior de la torre es también una colección de cuerpos mutilados y agonizantes. El comandante Melitón Carvajal es herido en uno de estos impactos, cuando se llevaba artilleros de remplazo para servir la única pieza que aún podía hacer fuego.

El fuego hecho contra la nave peruana corta la driza de la bandera. Los oficiales peruanos lo notan y antes de que la pérdida de la bandera haga creer al adversario que rendían el buque, suben por cuerda y mástiles nuevamente la enseña roja y blanca.

Enrique Palacios es herido en la quijada por una esquirla y herido de muerte es bajado a la enfermería bajo cubierta. El peso del comando de la nave cae ahora obre el joven teniente Pedro Garezon, de 28 años.

El timón de la nave está roto y el Huáscar empieza a navegar sin control efectuando amplios círculos. En la cubierta y en la enfermería se acumulan más de 50 cuerpos, entre muertos y heridos.

8 de octubre Combate de Angamos Miguel Grau Huáscar

Réplica del timón del monitor Huáscar. Fuente: Museo Naval del Perú. 

Para las 11 de la mañana habían ya muerto 36 tripulantes y hay 27 heridos a bordo. La decisión que toma Pedro Garezon, no es sencilla. Siendo ya imposible pelear con el armamento del buque, es inundar la nave. Que se vayan todos al fondo del mar. Pero para eso, para abrir las válvulas que dejen ingresar el océano rugiente al interior de la nave, es necesario detener al Huáscar.

La maniobra no es ignorada por los buques chilenos. Con casi un metro de agua en su interior, y con la cubierta de cuerpos, el Huáscar es abordado por los lanchones de tropa enviados por los blindados enemigos.

Ha terminado la historia del Huáscar y de Miguel Grau. Aquí se inicia su leyenda.



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