Carnavales por TV Perú

 

Ayacucho. Días de Carnaval

15:22 h - Jue, 12 Feb 2015

Por Rolly Valdivia Chávez*
rollyvaldivia.com

Carnaval. Quería librarme de ti. No encontrarte en los caminos ni ser parte de tus juegos de agua y serpentina, tampoco de tu furor desmedido y tus bailes palpitantes. Nunca me ha gustado tu desorden, lo confieso, ni tu alegría desmedida o tu caos trasgresor que transforma las calles, quitándoles su habitual urbanidad, convirtiéndolas en una vorágine de color y atrevidos movimientos.

Pensarás que soy un amargado. Un enemigo del jolgorio y de los mandatos festivos del Ño Carnavalón y del Rey Momo, los díscolos soberanos que instauran su distendida ley de diversión en las ciudades y en los pueblos, en las orillas costeras del Pacífico, en los valles amparados por las montañas andinas, en las tórridas comunidades amazónicas. 

Me gustes o no, estás en todos lados. Así no se puede. Así no hay forma de escapar. Y créeme que lo intenté. No salí los domingos de febrero. Días claves, bravos, en los que en algunos o varios o en casi todos los distritos de Lima, se lanzan globos cargados de agua a los transeúntes desprevenidos y a los pasajeros indefensos que se movilizan en los buses.

Tampoco quise viajar. Postergué todas las partidas hasta finales de mes, creyendo ilusamente que ya no te encontraría, que tu festivo desparpajo jamás se extendía hasta marzo. Me equivoqué. Te conozco tan poco que, sin quererlo, te encontré vivito y coleando en Ayacucho, esa región de la sierra sur en la que se han escrito algunas de las páginas más gloriosas y trágicas de la historia del Perú. 

Tierra en la que se selló la libertad de la América española. Tierra en la que se desató el terror. Tierra que hoy vive en paz y en la que se festeja desde siempre –hasta en los momentos más aciagos- el carnaval y la semana santa. Uno después del otro. Las confesiones borrando los pecados cometidos bajo el imperio del Ño Carvanalón.

Plaza Mayor. Desfile de comparsas. Sonar de tinyas (tambores) y guitarras. Voces entonando coplas atrevidas y sarcásticas en una tarde que empieza a vestirse de nocturnidad, bajo las gotas redentoras de la lluvia que hacen germinar los campos, asegurando las cosechas, prometiendo un buen año para todos. Y eso hay que festejarlo. 

Estoy perdido. Soy parte de tu fiesta y una huamanguina de pollera y sombrero, me bautiza echándome talco. Ella sonríe. Se divierte. Repite su acción una, dos y hasta tres veces. No sé cómo reaccionar. No tengo forma de defenderme. Solo atino a desempolvar la cámara y disparar. Me llevo un recuerdo.  

Pasan los días. Sigue tu fiesta. Me voy de la capital regional con la esperanza de refugiarme en el campo. Es inútil. Te encuentro en Pampachacra, una comunidad cercana a Wari, la ciudad prehispánica que fue el centro político, religioso y militar del primer estado o imperio que surgió en el ande peruano. Aquí se impone tu ley. Se brinda, se baila, se juega hasta el amanecer. 

Te confieso que no la pase tan mal. La chicha me endulzó y me animé a compartir un sorbo con la madre tierra. Eso sí, me libre del baile y del agua. Supe escabullirme a tiempo para seguir buscando un lugar lejos de ti. Me duele admitirlo. Jamás lo encontré. Estabas en todos lados. Te hiciste yunza o cortamonte en una colina que despuntaba en la carretera Libertadores, la vía que une Ayacucho con Lima.

Manos entrelazadas. Hombres y mujeres dando vueltas alrededor de un árbol en cuyas ramas hay cintas y regalos. Vibran los instrumentos. Una pareja de desprende del círculo. Ellos danzan. Se acercan al tronco. Lo golpean con un hacha. No cae. Sigue la celebración. Más intentos. Uno y dos. Nada. Sigue en pie. Se aviva la música. Se achispan los corazones con cerveza y chicha.

Ordena la tradición que quien tumba el árbol organiza la yunza el próximo año. Por eso varios miden sus hachazos. Otros, en cambio, quieren tumbarlo. Lo mejor es no arriesgarse. Me marcho. Regreso a la ciudad infartada de carnaval.  No existe escapatoria. Otra vez entre las comparsas. Acompañando a los músicos, recibiendo los baños de talco de las señoritas sonrientes.

Me ganaste carnaval. Lo acepto. Pero no cantes victoria. El próximo año será mi revancha y me las ingeniaré para no encontrarte en ningún lado, ni en la esquina de mi casa ni en los caminos que recorra. No me importa si crees que soy un amargado. Lo único que quiero es librarme de los mandatos de jolgorio del Ño Carnavalón y del Rey Momo, esos gobernantes efímeros que lo transforman todo en febrero y en marzo.

*Publicado en la revista Cordillera al Límite (Ecuador).

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